Tomás
F. Martínez. UAL.
Frente
a los alimentos “tradicionales”, los alimentos funcionales son
aquellos que han sido modificados, bien enriquecidos (ej. vitaminas,
minerales, fibra, etc.), o bien mermados (ej. lípidos, azúcares,
etc.), con algunos ingredientes. Esta modificación les otorgaría
cualidades específicas capaces de ejercer algún efecto fisiológico
favorable sobre las personas, otorgándoles unas propiedades que van
más allá de las debidas a su contenido en nutrientes original.
En
la última década hemos asistido a un crecimiento extraordinario de
estos productos, asociado al avance en el conocimiento tanto de la
ciencia y tecnología de los alimentos, como de la influencia de la
alimentación sobre las enfermedades de mayor prevalencia en la
sociedad occidental (obesidad, diabetes, enfermedades
cardiovasculares, etc.), todo ello en el contexto de una población
muy envejecida en las sociedades occidentales.
Sin
embargo, no podemos obviar los enormes intereses económicos de los
grandes lobbies de la industria alimentaria, y en sus poderosas
estrategias de marketing. Así, resulta evidente la desproporción
entre el verdadero papel que para la nutrición humana pueden
representar estos alimentos (que, en principio, deberían estar
dirigidos a grupos específicos de la población), y las ingentes
cantidades económicas que se emplean por parte de las empresas
alimentarias para convencernos de sus bondades mediante insistentes
campañas publicitarias.